El último encuentro, novela de Sándor Márai

Esta novela que por extensión se debería leer pronto pues abulta poco el libro, es una edición de pocas páginas, se hace pesada, sobre todo, al final. Yo leí el final directamente cuando iba por el penúltimo capítulo y después retomé la lectura. Y es que adolece de falta de sentimentalismo pues todo es narrar racionalmente lo que alberga - o puede albergar, ya que se miran todos los puntos de vista posibles – la mente de un general de la antigua guardia imperial, en un monólogo practicamente durante todo el libro, acerca de una infidelidad planteada por un triángulo amoroso. Me viene a la mente que debería leer “Cinco horas con Mario” de Delibes, pero me da la sensación que Delibes no comete el error de llenar páginas con un razonamiento abstracto sin más. Las dos preguntas que se ofusca el protagonista en querer responder son una mera excusa para soltar un rollo acerca de una infidelidad. No obstante, está bien redactado y el vocabulario es variado y se hace amena la lectura hasta cerca del final. La presentación de la historia que hay en la contraportada promete más de lo que realmente ofrece el libro. Como leí en un artículo de Guelbenzu muy acertadamente, los personajes que aparecen no evolucionan apenas. Son meros y simples nombres … poco más, y el protagonista parece a Descartes hablando de amor. La ama de llaves, Nini, daría mucho juego tratándose de otro estilo de narrativa. Es significativo que le aconseja a su señor que, por favor, no se altere con Konrad, el invitado. Pensando el lector que éste y el general se ven por última vez después de cuarenta y un años sin haberse visto nada, la verdad es que uno se espera mucha “chicha” pero, no lo olvidemos, esto es lo opuesto a un thriller. El género, no sabría decir a qué estilo de novela pertenece esta obra... de suspense se podría pensar pues desde el comienzo se plantea una incógnita, la cual menciona el general que está empeñado en resolver. Y yo no soy escritor pero, creo que Sándor comete un error muy grave al hacer patente la constancia de dejar claro en todo momento lo que pretende el protagonista; tanto es así que es el hilo argumental. Y yo pienso que si quiere que el lector se sorprenda por algo ha de obrar con astucia, dejando caer ese “algo” con mucha destreza como quien no quiere la cosa, sin darle explicitamente apenas importancia. Pero, no, aquí Sándor nos lo da masticado y bien masticado. Tanto que el personaje principal de la trama, Krisztina, no es más que nueve letras y poco más... (bueno, os dejo que lo descubrais. Porque a pesar de todo, creo que merece la pena leer la novela por ser un ejercicio de gramática notable ), Esta es una obra que llevada al cine se podría hacer de dos formas radicalmente opuestas. La primera, como cine experimental, el mundo laberíntico racional de la mente anquilosada en la soledad y la putrefacción del protagonista . Y la segunda, un caso más de una historia de un triángulo amoroso. La película “Amantes” de Vicente Aranda podría ser un ejemplo en cuanto a la sordidez. Lo que pasa es que, en el caso de la novela que nos ocupa, la tensión es más profunda y sobre todo cognitiva. En el film todo es más visceral. Me gustaría leer la novela nuevamente anotando los momentos en que se hace mención a Krisztina y a Nini para poner en evidencia que tienen un papel casi insignificante aunque, la primera es el eje del drama. Paradojicamente, el hecho de que suceda esto también tiene mucho mérito. Pues no es fácil lograrlo. Si quereis ensayar con la literatura extremos desbocados de abstracción o ver cómo es la tarea de escribir cuando se tiene una idea y la suficiente fuerza de voluntad y empuje para narrar friamente durante doscientas páginas, me atrevo a recomendaros y auto-recomendarme a mí mismo el profundizar en la obra de este escritor húngaro que es, practicamente, desconocido pero que, a pesar de que me quedé a gusto exponiendo todos los fallos que se me ocurrieron tras leer “El último encuentro” , no dejo de recomendar pues, es la antítesis de, por ejemplo “Ada o el ardor” de Nabokov. El autor ruso juega y hace unas cabriolas vertiginosas con el lenguaje sin soltarse en ningún momento del amarre de los sentimientos, pieza clave al escribir ficción. Y Sándor, precisamente, hace gala de ostentar el don de escribir una novela que es más un panfleto filosófico.

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